Una pierna, luego la otra y hete aquí empezamos.
Una pasión, un fuego inextinguible.
Nuestras manos se entrecruzan, se confrontan en un compás delicioso.
Rozando piel con piel y quema, explosivos cuerpos al son del gran Piazzolla.
Liberación de alma, sangre y oxígeno, gritando más al tango para mantenernos pegados.
Dedos que recorren circunspectos corazones, rojos y palpitantes.
Te miro, me miras y nos bailan las pupilas, de puro frenesí, de encanto, del placer más puro y del sueño entrecortado del que acabé despertando, tiritando.
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