En el suelo tumbada hay una impúdica sirena de parquet, con los cabellos flotando por las tablas de madera.
Cierra los ojos y escapa a un mar cercano, donde la espuma recorre su vientre, la arena cosquillea sus dedos y el salitre navegua por sus labios.
Ha puesto 24 cerrojos en ese mar, en ese sueño que provoca cada día en los suelos de su casa.
Nadie puede entrar con ella, sale y cierra. Y al despertar se arranca las escamas de las piernas y las conchas engastadas en la melena.
Con voz suicida entona canciones marineras y enreda a los hombres con su mirar.
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