sábado, 3 de noviembre de 2012

Los hercios perdidos

Gritas, a media voz, con sordera para no tener que oirte.
Descalzando los sonidos entre los dientes que muestras demasiado a menudo.
Te tocas el ruido y la desesperación que invade tu cara.
Y en el espejo no ves reflejo alguno del grito que sueltas cada uno de los 365 días.
Debe ser soñado porque nadie se inmuta. O puede que no se te escuche o no se te oiga. Y sí, hay diferencia.
Podrás decir que abusas de los quejidos, de los resoplidos, de los aspavientos, de los suspiros.
Pero por mucho que insistas tu voz no traspasa los tímpanos de una sociedad que mira hacia otro lado, que se implanta una lista de reproducción diaria y hace de su vida la película más dulce, de esas que ni las más empalagosas podrán superar.
Y creo que nacemos sordos, muchos carecemos de uno de los sentidos, otros por desgracia lo adquirimos muy fino aunque nos falte el sentido perruno.
Sigue gritando por si acaso, puede que en el réquiem eterno el eco de tu voz llegue por defecto, y otros gritos acompañen al tuyo por las ondas sonoras del tiempo.


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