Abrazarte.
En este congelador humano que nos conserva los miembros.
Para mantener el calor que una vez construimos, para aplacar lo estático en la piel.
Da igual los cafés y las sopas de sobre.
Ni lo abrigos de paño ni el edredón te sustituyen.
Ni el licor más dulce ni las pequeñas hogueras que forman los pitillos en estas cuatro paredes.
No es justo que mi mente en los sueños retire las defensas que tanto costaron levantar.
Ni que el recuerdo de tu abrazo reanime lo bueno que es sentirse en casa de nuevo.
Un pequeño olor, tu olor atraviesa los conductos del razocinio, los recuerdos, la ropa y la insensatez.
Y me muero de ganas de decirte que hoy no he puesto barreras a mi sexo, que no llevo bragas.
Y voy por la vida buscando el momento para gritarte que me abraces de nuevo.
Y volver a casa, después del exilio.
No hay comentarios:
Publicar un comentario