Tengo fiebre de sábado noche. De sudor y posesión rítmica.
Despegar los pies inevitablemente, sentir la música penetrando en mí desde las yemas de mis dedos y arrancarme escalofríos.
Ninguna droga podría llevarme al auténtico frenesí sin un precio.
Y así si que me reconozco, olvidando todo, desapareciendo, sintiendo la verdadera felicidad.
Solo quiero dejarme llevar, bailar hasta la locura.
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